En algunos rincones de El Prado todavía huele a ilusión. Los aficionados del Talavera recorren los pasillos del estadio con la pesada carga de la nostalgia, que, aún siendo capaz de dejar escapar una sonrisa mientras se piensa en el recuerdo, termina por estrellarlo todo contra el suelo cuando se evapora y aparece el presente, tan crudo como inevitablemente real. Los seguidores más jóvenes sólo conocen a su equipo en Segunda B, mientras que otros con más fútbol a sus espaldas se han pasado este curso mirando más tiempo al cielo que al césped como en un intento de evasión, con un opio místico esparcido en la memoria. Algunos han cerrado los ojos y han visto en el banquillo a Gregorio Manzano y a una grada loca gritando enajenada para empujar a sus muchachos a una gloria que se quedó cerca.
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